Revista Falmed Educa
Año 3 / N° 6 - 2015

Columna de opinión

Relación médico-paciente


Callando ante las palabras del enfermo, oyéndolo con atención y benevolencia, el médico conoce y cura, porque sólo en el silencio se descubre plenamente el sentido de las palabras dichas u oídas y… sobre todo nada alivia tanto como el regazo de un silencio abierto por la persona que calla a la persona que habla.
12/05/2015 |

Dr. Hernán Sudy Pinto
Vicepresidente del Consejo Regional Arica.

 
Contemplada desde fuera, la relación entre el médico y el enfermo adopta en el mundo actual formas muy distintas, como el consultorio privado, la sala del hospital, el consultorio público de una institución asistencial socializada, el campo de batalla, y tantas más. El enfermo por otra parte, puede haber elegido libremente el médico o ser atendido por el que le haya asignado la organización política, administrativa o laboral a que pertenece.

Por debajo de tales diferencias, ¿posee aquella relación un fundamento común? Yo creo que sí, puesto que ya sea personalista o socialista el modo de entenderla, hállese regida por el libre contrato entre dos personas o por las ordenanzas de una organización asistencial, la vinculación entre el médico y el paciente tiene como fundamento, cuando es correcta, la amistad entre ellos, más precisamente un modo de amistad, “la amistad médica”, en el cual uno de los amigos, el médico pone su voluntad de ayuda técnica, y el otro, el enfermo, su confianza en la medicina y en el médico que le atiende.

Mas esta relación entre el médico y el enfermo es un proceso simple y a la vez complejo. Simple porque lo que quiere el enfermo es recuperar la salud y el médico hacer efectiva su vocación terapéutica; pero es a la Relación médico-paciente vez complejo porque esta relación tiene componentes de conocimiento, afectivos, operativos y éticos. Lo primero que ocurre en este encuentro es que ambos, médico y enfermo se miran entre sí, lo que es en su esencia un conato de objetivación recíproca, una pugna entre dos libertades en la cual cada una trata de convertir a la otra en puro objeto de observación. La mirada del enfermo se hace entonces exigente,  objetivante y hasta retadora, pero no siempre es así. Cuando el enfermo confía en el médico, suele acercarse a él con una mirada de petición, viendo en él una realidad capaz de ayuda y de esperanza.

Por su parte, la mirada del buen médico suele expresar tres intenciones: una envolvente, que procura un ámbito de refugio a la existencia menesterosa del paciente, que debe ser sentida por éste como una mirada-regazo. La segunda intención es inquisitiva, dirigida tanto al conjunto y a los detalles del cuerpo del enfermo, a través de los signos expresivos de éste, tanto como al interior de su alma, al mundo invisible de sus pensamientos y sus intenciones conscientes e inconscientes.

La tercera es de carácter objetivante, percibiendo la realidad objetiva del enfermo y dando algo a la persona que tiene al frente, un mirar que no sea sólo la inspección semiológica y que tenga en cuenta la condición humana y personal de la realidad por él mirada.

Pero además de mirarse, el enfermo y el médico se hablan entre sí y este diálogo es siempre y a la vez diagnóstico y terapéutico, separando la anamnesis que tiene intención diagnóstica y la psicoterapia que es el tratamiento de la condición mental en que se encuentra el paciente que ha perdido lo único valioso que posee, la salud. Tan valiosa como las palabras es la expresión paraverbal como los suspiros, respiraciones profundas, exclamaciones reprimidas, arrastre de consonantes, nasalización de ciertas sílabas, interrupciones y otras que pueden ser traducidas de manera muy diversa o malinterpretadas por quien está escuchando ansiosamente a su médico tratante.

Por ello, el médico debe limitar al máximo las expresiones paraverbales involuntarias, hacer tenues las de carácter voluntario, sean sonoras o gestuales, y elegir aquellas inflexiones y cadencias de la voz y las pausas, que hagan patente su voluntad de ofrecer un ámbito de refugio al menester del enfermo. Con sus palabras cumplirá ante todo las cuatro funciones activas del lenguaje: vocativa, notifi cadora, nominativa y persuasiva, y a través de ellas, interrogando, indicando y orientando suave y discretamente, gobernará su coloquio con el enfermo. Pero además el médico ha de saber callar. Callando ante las palabras del enfermo, oyéndolo con atención y benevolencia, el médico conoce y cura, porque sólo en el silencio se descubre plenamente el sentido de las palabras dichas u oídas y… sobre todo nada alivia tanto como el regazo de un silencio abierto por la persona que calla a la persona que habla. El buen clínico sabe evitar la digresión inútil del paciente y nunca olvida esta doble y útil función del buen oír.

El modo propio de la convivencia entre el médico y el enfermo consiste, en la adecuada combinación de las operaciones objetivante y las operaciones coejecutivas que en cada caso hagan necesarias el diagnóstico y tratamiento.

El médico debe convivir con el paciente completando metódicamente la objetivación con la coejecución y la coejecución con la objetivación. Un par de minutos gastados en el buen diálogo médico paciente, recupera con creces las horas que se perderán en una mediación o los días gastados en un juicio penal o civil.

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